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Hoy dibujé flores en tu espalda…dibujé estrellas y firmamentos. Hoy encontré paz, en la constelación que tus lunares trazan sobre el lienzo blanco que es tu torso. El suave rozar de mis dedos me recordó las melodías que se le arrancan a una guitarra. Acordes impíos que hacen vibrar el alma en tonalidades azul violeta. Una melodía que nos suena vieja, que nos invita a pedir amor y perdón. Los círculos que encierran tu piel, son cada uno…una plegaria…cada uno una esperanza y una maldición. Sin importar nada…sin precaución…me dediqué a encontrar lo que creí perdido, a descubrir lo oculto, a alterar lo que ya creía apaciguado.
Mis manos temblorosas se acercaban a los secretos que esconde tu falda, odiando el tiempo que es siempre mi enemigo…odiando el destino que siempre me oculta las dulces mieles del amor…no sin antes enseñármelas para tentarme con una risa burlona. Mis sentidos se prolongaban a cada uno de mis dígitos…ellos gritaban…lo que mi voz no podía. Trazos de pincel que en cada línea dejan un rastro de sangre, un pedazo de alma…una poesía incompleta, que muere poco a poco de dolor.
Esa espalda tuya…es un muro de los lamentos…una penitencia irredimible. Esa espalda tuya…fue hoy mi perdición.
Pero mis manos…las que creí hábiles en su arte…no sintieron el respirar hondo que esperaban, el terso plano transmutarse en un chispero de sentidos que vibran con el acometer de cada caricia…con el firme y el suave vaivén de una mano que no duda en arrancarse por vos. Tus ojos no se cerraron…y tu boca no sonrió.
Mi devoción es para esa espalda…símbolo de un adiós, de un olvido, de un silencio. Ahora sé, que cuando te vallas…cuando camines a lo lejos…será un dulce despedir…porque lo último que de vos tendré…es la imagen pérfida de un millón de lunares…que adoloridos…se ríen de mi…